El corrector: ese gran incomprendido

Aún por traducir

Los médicos nunca están de vacaciones ni de descanso. Las veinticuatro horas del día han de estar alerta por si les necesitan. Pegados al teléfono, esperando la llamada del hospital que les haga volver al trabajo. ¿Y qué me decís de lo estresante que tiene que ser esperar a que alguien grite «¿hay algún médico en la sala?»? A nadie le parece mal que los pobres médicos (o enfermeros, que también sufren de lo mismo) no descansen y estén entregados al cien por cien a su trabajo. ¿Por qué? Porque los necesitamos.

Y ahora pongámonos en la piel del corrector. El pobre corrector, me atrevería a decir. Llega a casa cansado (o sigue en casa, si es que tiene una oficina in situ), después de haberse pasado el día leyendo, corrigiendo y anotando en los márgenes de las páginas. Quiere desconectar y decide salir a cenar y su sorpresa…

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